En muchas conversaciones me preguntan por mi nombre. ¿Por qué me llamo Dimas? La respuesta está en mi familia y en una figura que me acompaña desde siempre: quién fue Dimas Álvarez explica, en buena medida, quién soy yo hoy.
Mi abuelo se llamaba Dimas Álvarez Rodríguez. Hace 70 años que falleció. Murió joven, con 53 años, en un accidente ferroviario cuando volvía de Oviedo. Había ido a alquilar un local para abrir una tienda en la mejor zona comercial de la ciudad. Tenía la ilusión intacta y un plan claro.
Vivía en Borondes, una aldea de Grado (Asturias). Allí se crio con mis tíos Isidoro y César, y mi madre. En esa tierra, dura y noble, el trabajo lo era todo. También estaba muy presente la familia que había emigrado a Cuba, como tantos asturianos que fueron allí en busca de oportunidades. Ese vínculo marcó nuestro carácter.
Un origen humilde
Mi abuelo trabajaba de rondín en la fábrica de armas de Trubia. Era una especie de guardia de seguridad. Terminaba su turno y empezaba otro. En casa le esperaba el campo: tierra y ganado. Mi madre aún recuerda verlo arando cuando había luna. No era una estampa romántica. Era la realidad de quien quiere sacar adelante a su familia y sabe que no hay atajos.
Esa ética del esfuerzo nos la transmitieron en casa. Primero con el ejemplo y luego con palabras sencillas. Trabajar, cuidar lo nuestro y cumplir con la palabra. Nada más. Nada menos.
La inspiración cubana y el sueño del comercio
La rama familiar “cubana” nos enseñó otra cosa: ambición comercial y cultura de servicio. César Rodríguez, tío de mi abuelo, fue el ejemplo vivo de que se podía progresar desde abajo. Empezó como “cañonero” (un chico para todo) en los grandes almacenes El Encanto, en La Habana, y llegó a ser director general.
En una visita a su hermana Generosa, le comentó que quería llevarse a Dimas a Cuba para trabajar con él. La respuesta fue tan directa como el carácter de la familia:
—César, si te llevas a Dimas, ¿quién atiende el trabajo del campo? ¿Qué va a pasar con la familia?
El tiempo diría que ese camino lo haría Ramón Areces, que también formó parte de nuestra historia y sería presidente de El Corte Inglés. Mi abuelo, en cambio, eligió quedarse. No por falta de ambición, sino por responsabilidad.
Elegir el camino difícil
Lo fácil habría sido marcharse y probar suerte fuera. Pero Dimas decidió compatibilizar la fábrica con el campo y sacar adelante a los suyos. Aun así, nunca dejó de mirar al comercio. Tenía olfato y pasión por vender, por escuchar al cliente, por entender la calle.
Por eso aquel viaje a Oviedo significaba tanto. Había visto un local en la mejor zona comercial. Tenía un plan para prosperar sin emigrar. Si no hubiera sido por aquel tren, estoy convencido de que habría tenido un gran porvenir como comerciante.
Quién fue Dimas Álvarez en mi familia
Fue trabajo, honestidad y responsabilidad. Fue raíz. Para mi madre y mis tíos, su figura no era una leyenda, sino un modelo práctico de cómo se vive y se decide. Para mí, que no pude conocerlo, fue siempre un punto de referencia. A través de los relatos de mi madre y de mi tío Isidoro Álvarez, que llegaría a ser presidente de El Corte Inglés, aprendí a ver en Dimas un estilo de vida y un criterio.
No hablo de grandezas. Hablo de pequeñas decisiones diarias que te sitúan: trabajar cuando toca, cumplir la palabra, cuidar a los tuyos, ser paciente, aprender a escuchar y sólo prometer lo que vas a cumplir.
El día del accidente y lo que quedó en nosotros
Las fechas se anclan a los recuerdos. El accidente ocurrió a la vuelta de Oviedo, después de cerrar el acuerdo para el local. Regresaba con la ilusión de quien ha encontrado una puerta abierta. No llegó a cruzarla.
En casa quedó el dolor y, con el tiempo, las lecciones. Muchas vienen de esa forma de encarar la vida sin quejarse y sin dramatismo. Con serenidad y determinación. Creo que esa mezcla explica por qué, en mi familia, se habla poco de problemas y mucho de soluciones.
Cinco lecciones de vida de mi abuelo Dimas
- Sacrificio. Si quieres algo, tendrás que renunciar a otras cosas. A veces habrá que trabajar en dos frentes y dormir poco. No hay atajos.
- Paciencia. Todo llega a su momento. La precipitación suele salir cara. Es mejor esperar a que maduren las oportunidades.
- Confianza y sabiduría. En el pueblo lo tenían por justo. Lo buscaban para resolver disputas. Eso no se improvisa: nace de escuchar y de decidir con equilibrio.
- Integridad. La palabra vale. Un apretón de manos compromete. Los contratos son importantes, pero tu reputación lo es más.
- Familia. Primero los tuyos. Las decisiones se toman pensando en el bien de la familia. Ese es el norte cuando dudas.
Estas cinco ideas han guiado muchas de mis decisiones. No como frases bonitas, sino como criterios que aplicas en el día a día.
Lo que me enseñó para el retail y para la empresa
Cuando pienso en el retail, pienso en mi abuelo. Escuchar al cliente, cuidar los detalles y cumplir lo prometido son hábitos que aprendí en casa. También la idea de que un negocio se gana en la calle, con presencia y con humildad.
Sacrificio es abrir y cerrar, y volver a empezar. Paciencia es no precipitarse con una ubicación o con un proveedor. Confianza es que los equipos y los clientes sepan que, si dices algo, lo harás. Integridad es no engañar con la calidad o con los plazos. Familia es pensar a largo plazo, porque un comercio no es un golpe de suerte, es continuidad.
He visto esa misma lógica en líderes que admiro: cuando se trabaja de verdad, cuando se piensa a largo plazo y cuando se cuida a la gente, los proyectos resisten. No es una receta mágica. Es constancia.
Una herencia que se transforma en compromiso
Llevar el nombre de mi abuelo es una responsabilidad. Me recuerda de dónde vengo y hacia dónde debo mirar. Me ayuda a no olvidar que detrás de cualquier decisión hay personas y consecuencias.
Cuando tomo decisiones complejas, a veces me pregunto algo muy sencillo: ¿qué habría hecho Dimas? La respuesta no es perfecta, pero me orienta. Me devuelve al sentido común: trabajar, escuchar, cumplir, pensar en los tuyos y sostener la palabra.
Un gran legado
El relato de mi abuelo no es épico. No hay grandes titulares. Hay vida real. Hay un hombre que trabajaba en una fábrica y en el campo, que quiso emprender en el comercio, que cuidó a su familia y que se ganó el respeto de su gente.
En un mundo que a veces idolatra lo inmediato, me gusta recordar que la verdadera grandeza se apoya en valores simples y perseverancia. Esa es la herencia que recibí de mi madre y de mi tío Isidoro, y que procuro mantener. Si hoy puedo aportar algo en el sector, es gracias a esa educación de casa.
Gracias, abuelo
No conocí a Dimas, pero lo siento cerca. Me acompaña en decisiones grandes y pequeñas. Su historia me ancla. Me enseña a elegir el camino difícil cuando es el correcto, a esperar cuando toca, a cumplir cuando doy mi palabra y a cuidar de los míos.
Si este recuerdo sirve para que alguien valore lo que le enseñaron en su casa, habrá merecido la pena contarlo. Al final, todos somos un poco lo que nos han enseñado y lo que decidimos hacer con ello.